Tuesday, May 13, 2008

¿Es Dios un accidente?

Dadas las fechas en las que nos encontramos, esta pregunta podrá considerarse por algunos como bastante irrespetuosa (y hasta herética). Otros, sin embargo, la considerarán muy oportuna. Entre estos últimos se encuentra seguramente Paul Bloom, profesor de psicología y lingüística en la Universidad de Yale, y autor del artículo Is God an accident? (publicado en el magazín The Atlantic Monthly, ver NOTA 1). El artículo aborda, desde el punto de vista de la psicología cognitiva, el análisis de la naturaleza de las religiones, interesándose principalmente por la pregunta, ¿en qué consiste la creencia en lo sobrenatural? La tesis que mantiene está en consonancia con los fundamentos que inspiran esta bitácora, a saber, que la creencia en lo sobrenatural (en Dios) es el resultado de la actividad de nuestro cerebro. Básicamente, Bloom considera que una de las consecuencias de la evolución del cerebro humano es la predisposición a ser dualistas y creacionistas. Lo cual no quiere decir que ser dualistas y creacionistas tenga un valor adaptativo, sino que se tratan de subproductos (podría leerse también como pechinas a lo Jay Gould) de la evolución de dos procesos cognitivos fundamentales: el procesamiento independiente del mundo físico y del mundo social, y la búsqueda constante de causas y efectos. La segunda tesis del artículo es, por tanto, que “la religión no emerge para servir a un propósito sino por accidente”. Esta es la tesis que mantiene entre otros Richard Dawkins en su artículo What use is religion? (publicado en Free Inquiry, ver NOTA 2). Dawkins considera que la pregunta en términos evolutivos acerca de la religión no sería “¿Cuál es el valor de supervivencia de la religión?” sino “¿Cuál es el valor de supervivencia tanto de una conducta individual o característica psicológica no especificada todavía, que se manifiesta, bajo circunstancias apropiadas, como de la religión?”. Bloom intenta en su artículo dar una respuesta parcial a esta segunda pregunta al identificar las funciones neuropsicológicas seleccionadas por su valor adaptativo que en determinadas circunstancias derivan en la creencia en lo sobrenatural. Sin embargo, esta no es una posición consensuada. Baste sólo como ejemplo el comentario del artículo que hace Bob Myers hace en su bitácora Numenware: “Si la creencia en Dios es una pechina (accidente) y es un despilfarro de energía para las especies [como sostiene Dawkins], debería haberse deseleccionado, pero no es eso lo que ha ocurrido. ¿Por qué? O, ¿hay ventajas evolutivas par la creencia en lo sobrenatural? Si es así, la historia no está completa hasta que no se identifiquen [dichas ventajas].” Supongo que desde dentro de esta bitácora surgirán defensas de ambas posturas (me reservo mi opinión para el debate).

Una conclusión que se deriva necesariamente de los argumentos planteados en el artículo de Bloom es que Dios (lo sobrenatural) no existe más que como actividad de nuestro cerebro. Pero esta conclusión no es tan necesaria ni obvia desde el punto de vista del creyente. Como ejemplo, el artículo de Bloom generó un intenso debate en una bitácora de un defensor del “diseño inteligente” (en dos apuntes, aquí y aquí) cuya premisa es que “la ciencia no puede probar la existencia o no existencia de Dios” (ahora no es el momento, pero en el futuro abordaremos este argumento que es, básicamente, una falacia). En fin, no sabemos cual pudiera ser el valor evolutivo de la creencia en Dios, si es que lo tiene, pero está claro que es un fenómeno psicológico que afecta profundamente el razonamiento del individuo

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La conducta moral humana ¿Neuronas del bien y del mal?

“La invención de la moral”. Es el título de una conferencia que vi anunciada hace unos días. Y me llamó la atención. Título que venía a cuestionar algo que parece tan absoluto y tan obvio como la noción de lo que está bien o mal en lo que respecta a nuestra conducta. ¿Acaso la moral depende del momento histórico? Según el conferenciante, filósofo e historiador, la moral, así como la entendemos actualmente, es un concepto inventado a partir de la época de Nicolas de Maquiavello (1469- 1527) y Jehan de Mandeville (1300-1372) y en contraposición a las fórmulas moralmente discutibles preescritas por estos autores (véase, por ejemplo, en el diccionario, “Maquiavélico”: que tiene características como la perfidia, la falta de escrúpulos y la astucia.). Parece ser que desde un punto de vista histórico la noción de moral no ha existido siempre, o al menos, no ha sido siempre la misma. Entonces, el criterio de lo que está bien o está mal no es absoluto ni obvio.

La definición de moral (del latín moralis) o ética (del griego ethikos) en origen hace referencia al consenso en las costumbres de un grupo social, o a una indicación para actuar de una manera determinada pero no de otras. Estamos hablando de conducta. Entonces, ¿podemos hablar de la moral en términos neurobiológicos? Creo que hoy en día, siglo XXI, la mayoría coincidiremos en que sí. Sin embargo, algunos dirán que sólo en tanto en cuanto la moral requiere los más altos niveles de razonamiento frío y objetivo, que supuestamente reside en áreas “superiores” de nuestro cerebro. Según esta perspectiva, la moral nos aporta una serie de reglas objetivas que nosotros asumimos y utilizamos en nuestra conducta social. Esta visión da pie a considerar la moral como algo de corte sobrenatural (el Bien y el Mal), absoluto y que nos viene dado (léase, moral religiosa). Incluso se ha visto en la moral humana algo que enaltece nuestro cerebro y lo pone a años luz del cerebro del resto de los animales, incapaces de distinguir el Bien del Mal. ¡Nada más lejos de la realidad! La verdadera perspectiva, según recientes estudios en el campo de las neurociencias, es que la moral es una cualidad intrínseca a nuestra conducta social, y que por tanto es subjetiva. El desarrollo adecuado de la conducta moral requiere cualidades como la motivación y la emoción, y depende del funcionamiento de áreas específicas de nuestro cerebro. Dicho sea de paso, según la neurobiología actual, el razonamiento siempre implica un componente emocional (ver “El error de Descartes” Antonio Damasio), y en muchos casos cuando éste falta se habla de patologías en la conducta (ver más abajo).

La capacidad de decidir si algo está bien o no en nuestra convivencia social diaria depende de la correcta interacción entre áreas determinadas de nuestro cerebro. ¿Por qué sabemos esto? Como en otros campos de las neurociencias, el conocimiento acerca de la conducta moral está siendo posible gracias a los cambios documentados de esta conducta en pacientes con un malfuncionamiento cerebral, en donde se pueden discernir lesiones concretas en áreas específicas del cerebro. Ejemplos claros de cambios en la conducta moral se dan en pacientes con daño en el lóbulo frontal. En un reciente trabajo de Antonio Damasio y sus colaboradores (Anderson SW et al., Nature Neuroscience, 2, 1032-1037, 1999), se describe la historia clínica y los resultados aportados por técnicas de imagen cerebral, de dos pacientes con lesiones en la corteza prefrontal. En edad escolar, sus profesores observaban que estos sujetos “nunca mostraban sentimientos de culpa o remordimiento por sus actos”. No se encontró en ellos ninguna evidencia de empatía, culpaban a otros de sus dificultades sociales y eran incapaces de tomar decisiones o evaluar las consecuencias de sus actos. La lesión en la corteza prefrontal, sobre todo si se da a edades muy tempranas, tiene como consecuencia un desarrollo anormal de la conducta moral en estos individuos. Estos sujetos mostraron, por otro lado, capacidades intelectuales normales como, por ejemplo, aritmética mental, razonamiento verbal, percepción visuoespacial. Según los autores, el daño en esta área cerebral puede comprometer el papel crucial que juegan las emociones en la toma de decisiones en un contexto social determinado. Además de estos estudios de lesión, otras investigaciones han mostrado mediante técnicas de imagen cerebral que la activación de áreas como la corteza prefrontal y la amígdala se correlaciona con el contenido moral (en algunos casos violaciones morales) de fotos observadas por los sujetos sometidos a experimentación (Harenski CL and Hamann S, Neuroimage, 2005). En base a estos y otros muchos estudios, actualmente hay diferentes modelos que tratan de explicar cómo emerge el fenómeno de la moral a partir del funcionamiento de nuestro cerebro (Moll J et al., Nature Reviews Neuroscience, 6, 799-809, 2005).

Hace varios meses vi anunciado un congreso que iba a tener lugar en Paris en Enero de 2005 titulado “La neurobiología de los valores humanos”. Y pensé que el futuro está más cerca de lo que pensamos. Reconozco que dejar los Valores humanos en manos de algo tan maleable y sujeto a cambios como es el cerebro, produce una incómoda sensación de desasosiego. ¿Se cierne sobre la Humanidad un relativismo moral devastador? Porque…, ¿cuándo es alguien bueno o malo? ¿Dónde quedan el premio y el castigo? ¿Cómo podemos recriminar a alguien por actuar amoralmente si es víctima de una lesión en su cerebro? Creo que las sociedades de un futuro no muy lejano tendrán que redefinir muchos conceptos como responsabilidad, culpa, remordimiento y libertad. ¿Llegaremos algún día a asumir esto? ¿Llegaremos a asumir que el único Juicio Final que va a tener lugar está ocurriendo constantemente en nuestro cerebro?

Sesión de risoterapia

Para matar el tiempo hasta un futuro apunte “serio” nada mejor que echarse unas risas con el hilarante circo de lo paranormal. Richard Rockley recopila en su bitácora Skeptico artilugios con propiedades curativas excepcionales e incluye los fundamentos (y ahí es donde llegan las risas) aportados por sus promotores para justificar dichas propiedades. Por ejemplo, una máquina-filtro transforma el agua del grifo en un remedio anticancerígeno gracias a que incrementa el ángulo del enlace del hidrógeno en la molécula de agua hasta 114 grados (“Hace 50 años el angulo era de 108 grados y nadie sabía de casos de cancer”). O un colgante que te protege de los campos electromagnéticos y que básicamente actúa como un diapasón que vibra con una determinada frecuencia sintonizada para “optimizar el sistema energético humano a través de resonancia. Al interactuar con tu biocampo, permite conseguir el restablecimiento [de tu salud] según las necesidades individuales.” Uno de los mejores tiene que ver con la homeopatía. Se trata de un aparato que permite obtener remedios homeopáticos simplemente “nombrando” las sustancias que necesitas. Este aparato tiene incorporado un micrófono especial que transforma las palabras en vibraciones que son amplificadas para “alimentar” un depósito donde se colocan las pastillas sin “potenciar”. En el mismo apunte se comenta la tecnología desarrollada por Jacques Benveniste (el que publicó la “demostración” de la memoria del agua en Nature) que consigue obtener agua “informada” biológicamente activa simplemente exponiendola a una radiación electromagnética de 20 KHz. Esto permitiría que la “señal homeopática” pueda ser digitalizada y enviada por correo electrónico.

Pero el mejor hasta el momento es precisamente el último descubrimiento de Skeptico: se trata de una serie de tarjetas y discos que al cogerlos entre las manos permiten alcanzar el equilibrio físico y emocional tras experiencias traumáticas. Han sido diseñados por seres inmateriales que viven fuera de los sistemas astral y físico de la Tierra y que se comunican telepáticamente con el lider (humano) del proyecto que distribuye estos “instrumentos sanadores”. El mecanismo por el que éstos funcionan es extremadamente complejo y no puede ser comprendido por ningún ser humano por el momento, pero a modo de esquema son “llaves” que permite activar un proceso sanador basado en la interacción de “complejas modulaciones temporales de alta frecuencia con millones de modificaciones etéricas predefinidas operando con polarizaciones orientadas tanto horizontal como verticalmente. Parece complicado y confuso: lo es. Algún día en el futuro, cuando la humanidad esté preparada, se explicará con más detalle como funciona el Instrumento.”

Si no habeis tenido suficiente y vuestra musculatura abdominal aún lo aguanta, en la sección Bad Science de la versión online de The Guardian se describe un tratamiento de bioresonancia con el que se consigue dejar de fumar: consiste en hacer un análisis del patron de ondas energéticas del cuerpo del fumador (mediante una serie de parches sobre la piel conectados a un aparato) para detectar, filtrar y revertir el patrón de frecuencia de la nicotina. Esto permite la “neutralización del patrón energético de la nicotina y de esta manera desaparece el deseo de buscar aquello que ha sido limpiado.”

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¿Está la clave en un rincón inactivo del cerebro?



Esta es la pregunta que se hace Enrique de Vicente para intentar explicarse los sorprendentes poderes parapsicológicos de Mathew Manning, “sanador psíquico” para más señas, en el primer capítulo de su último libro “Los poderes ocultos de la mente” (Plaza & Janes, 2005; supongo que reedición del original de 1995 editado por América Ibérica en la colección Universo Secreto). Enrique de Vicente, director de la revista Año Cero, ha escrito un libro apto solo para los muy creyentes de lo paranormal, a juzgar por los mimbres con los que está hecho el primer capítulo (que probablemente sea lo único que lea del libro el que firma este apunte). Y digo esto porque se trata de una enumeración carente de crítica de todos los supuestos poderes mentales que poseen determinados individuos. Básicamente se nos narra en este primer capítulo un cuentecillo sobre la vida y “milagros” (léase “poderes”) de este tal Manning que podría utilizarse como guión de una película de terror de bajo presupuesto; aparece de todo: “poltergeist”, dibujos que aparecen repentinamente en las paredes, mensajes de personajes que vivieron hace muchos años, mediums y sacerdotes que no encuentran explicación a estos fenómenos, y como no, los servicios de inteligencia interesados en dichos poderes. En cuanto a los poderes sanadores, la cosa tampoco tiene desperdicio: es capaz de alterar la actividad de enzimas, influir en el crecimiento de cultivos celulares, y por supuesto destruir células cancerosas que estaban en el interior de una probeta. Y no le importa dar pistas a lo largo del texto de las incongruencias de lo que cuenta. Así cuando habla de la “técnica propia” de este sanador dice: “colocaba sus manos sobre los hombros del paciente; éstas empezaban a moverse con total autonomía alrededor del cuerpo del mismo y se situaban sobre las zonas afectadas o sobre otras que aparentemente nada tenían que ver con aquéllas.” (la cursiva es mía). Por supuesto cuando de forma independiente se intenta comprobar estos fenómenos los resultados son contradictorios, o más bien inexistentes, pero eso es debido a que, como cuenta el propio sanador Manning: “El experimentador tiene un papel en el resultado final del experimento. Es una parte del mismo, tanto como el sujeto, lo que explica por qué los investigadores hostíles no consiguen resultados.” (quizás me repita pero ¿no recuerda esto a cierto dragón que ya ha aparecido por esta bitácora?).

Pero volvamos a la pregunta que encabeza este apunte. De Vicente se atreve a proponer explicaciones biológicas a los fenómenos parapsicológicos que describe (independientemente, como he mencionado antes, de que no demuestre que dichos fenómenos existan). Bien, podríamos dar crédito a dichas explicaciones si provinieran de un especialista en las ciencias de la vida (como Sheldrake) aun cuando carezcan de sentido y no se basen en ninguna teoría científica contrastada. Pero no sé que autoridad puede tener el autor de “Claves ocultas del código da Vinci” y director de la revista Año Cero para discutir sobre el funcionamiento del cerebro. La profundidad de las explicaciones aportadas, sin embargo, resuelve el enigma: se trata de sacar a colación las famosas ondas cerebrales que, como realmente no tienen ninguna función biológica clara (y prácticamente ya ni valor clínico salvo en el estudio del sueño y la epilépsia), son muy utilizadas por los postulantes de lo paranormal para explicarlo todo. Parece ser que este sanador, mientras está en plena actividad (por ejemplo, doblando una cuchara a lo Uri Geller), muestra un registro electroencefalográfico con numerosas ondas theta, o como nos dice De Vicente “una función cerebral con abundantes ondas theta”. Dicha “función cerebral” “parecía demostrar la existencia de una conexión entre sus facultades Psi y un estrato primitivo del cerebro que en el ser humano permanece inactivo” y que es “una función innata del Homo sapiens, que probablemente se atrofió en la mayoría de las personas hace muchos miles de años”. Vamos lo de siempre, que el común de los mortales no utilizamos todas las capacidades de nuestro cerebro (uno de los mitos clásicos sobre el funcionamiento del cerebro, carente completamente de fundamento biológico) pero que estos individuos sí lo hacen gracias a que son activadas por determinados acontecimientos, en este caso, porque la madre de este individuo “sufrió una fuerte descarga eléctrica tres semanas antes de que éste naciera”. Y ahora viene los más absurdo y rocambolesco de toda esta historia: De Vicente plantea la hipótesis sobre si el aumento de los adolescentes con habilidades psíquicas hace 30 años se debió a la difusión de los electrodomésticos en los hogares, “con el consiguiente aumento de probabilidades de que se produjeran descargas eléctricas”, y si en la actualidad “las notables mejoras en estos aparatos, para evitar estas descargas, no tendrán algo que ver con la disminución del número de dotados portentosos que se detectan”. ¡Uf! Uno se pregunta si tendrá límite la imaginación de estos supuestos “reputados comunicadores”, como nos lo presenta la información de promoción del libro.

En un artículo publicado en La Vanguardia en el verano del 2004 (junto a uno de Rupert Sheldrake que ya comentamos en un apunte anterior de esta bitácora), titulado “Desarrollo y limitaciones de las investigaciones”, De Vicente nos desvela las claves de lo que él entiende sobre el funcionamiento del cerebro: “los estados mentales pueden existir independientemente del cerebro”, “la mente puede actuar sobre otras mentes o sobre la materia sin intermedio físico conocido”, “la mente no se localiza en un órgano, sino que parece abarcar todo el organismo e incluye probablemente los niveles celulares” (esto último, aunque lo mentara como si fuera algo muy complejo, demostrando así que no tiene ni idea de lo que está hablando, es en realidad lo más próximo que ha estado a la realidad: la mente tiene por supuesto una base celular, concretamente, una base neuronal). Según De Vicente existen numerosas investigaciones que demuestran estas teorías, realizadas por laboratorios de prestigiosas instituciones, aunque supongo que cualquier institución que obtenga resultados negativos pasará de ser prestigiosa a ser hostil, y ya se ha mencionado antes como esto “afecta” a los resultados de las investigaciones. La otra clave que se desvela en el artículo es el interés que tuvieron diferentes servicios de inteligencia, KGB, CIA, DIA, en el estudio de los supuestos poderes mentales y su aplicabilidad, y como grupos de presión ajenos a estas agencias y formados por científicos escépticos presionaron para que se frenaran dichas investigaciones (a diferencia de lo que ocurre con el fenómeno OVNI, en este caso los servicios secretos son víctimas, no agentes, de maquiavélicas conspiraciones).

En resumen, este libro parece ser una vuelta de tuerca más a la monserga pseudocientífica sobre el funcionamiento del cerebro y su relación con la mente. Pero no deja de sorprenderme la desfachatez con la que se despachan teorías y explicaciones biológicas basadas más en la imaginación febril del que las propone que en ningún dato o resultado experimental reproducible y contrastable, o lo que es lo mismo, basado en el método científico.

¿Podemos fiarnos de los evangelios? III De los evangelios a las “neuronas de la fe”

La teología cristiana se fundamenta en la historia de Jesús que se refleja en los evangelios canónicos. ¿Y la fe cristiana? En principio parece lógico pensar que la fe cristiana tenga la misma raíz, la misma base racional. Porque uno tiende a pensar que la fe como cualquier otra creencia, sea ésta de la naturaleza que sea, tiene que tener algún fundamento racional, algo que la justifique, aunque no requiera pruebas científicas para consolidarse y extenderse. Sin embargo, de ser esto así, surge la siguiente pregunta, ¿qué ocurre si se puede “demostrar” a través del estudio crítico de los evangelios y su contexto histórico, que lo que fundamenta la fe, en este caso la fe cristiana, es una ficción literaria que carece de valor histórico? En ese caso la fe debería extinguirse o cuanto menos debilitarse. ¿Es esto así? No, y aunque a primera vista resulte incoherente, lo cierto es que la fe o creencia en Jesucristo parece independiente de la veracidad de la historia de Jesús. ¿Dónde está el truco? Pero vayamos por partes. ¿Se puede realmente argumentar la falsedad histórica de lo narrado en los evangelios canónicos? Sí. Precisamente este es el contenido de las dos anotaciones anteriores de esta serie. Por un lado, el estudio histórico-crítico de estos textos concluye que son obras de ficción literaria con mucho valor apologético y poco valor histórico (¿Podemos fiarnos de los Evangelios? I. Religión, textos sagrados… neurociencias). Por otro, que la resurrección de Jesús, el núcleo central de la teología cristiana, fue una invención del evangelista Marcos para salvar la muerte accidental e inesperada de Jesús (¿Podemos fiarnos de los evangelios? II. Del Jesús de la historia al Cristo de la fe). Y ahora, ¿afecta esto a la fe de los creyentes? O, dicho de otro modo. El conocimiento de la falsedad histórica de la vida y obra de Jesús (narrada en los evangelios canónicos, se entiende), y por tanto de la raíz fundacional del cristianismo, ¿no merma la fe del creyente?

Después del martirio y la muerte de Jesús, sus discípulos siguieron asistiendo al templo actuando en concordancia con la ley judía. Pero poco a poco comenzaron a surgir diferencias entre el propio judaísmo y su nueva variante, el cristianismo primigenio. Es en el año 49 de nuestra era cuando tuvo lugar el Concilio de Jerusalén, para algunos el punto de inflexión a partir del cual surge la nova religio, el origen del cristianismo en su versión más primitiva. En este concilio se discute la ruptura con el judaísmo, qué se acepta y qué se rechaza de la ley judía. Entre otras cosas, se pone en cuestión el ritual de la circuncisión, la prohibición de manjares impuros y el sábado. Se considera que desde este año hasta la escritura del evangelio de Marcos se da la ruptura definitiva. La nueva corriente o religión se separa del judaìsmo (oficial) y se empieza a consolidar el secreto mesiánico de Jesús (en realidad, se sustituye un secreto mesiánico por otro). Y así, poco a poco, se fueron “seleccionando” las normas y preceptos “adecuados” que irían a conformar la nueva religión. Pablo de Tarso (San Pablo) jugó un papel crucial en la separación entre el judaísmo y el cristianismo. De hecho, Pablo fue perseguido por los cristianos más cercanos al judaísmo porque entendían que éste era demasiado rupturista (ya que promovía la conversión de gentiles, no sólo de judíos) lo que casi le cuesta la muerte por lapidación. Hay que tener en cuenta que esta ruptura se dio en un contexto y época de frecuentes disensiones sociales y donde las discusiones podían a veces convertirse en verdaderos altercados de orden público. Es interesante recordar que anteriormente Pablo había perseguido a los primeros seguidores de Jesús. Sólo a partir de su “milagrosa” conversión en la que se le “apareció” Jesús camino de Damasco (más o menos milagrosa dependiendo de si la relata él mismo en sus cartas o si la narran otros evangelistas), luchó por consolidar el cristianismo. Dicho sea de paso, la conversión de Pablo no es un hecho baladí, dada la contribución esencial de este personaje al origen del cristianismo como nueva religión.

Posteriormente hubo guerras y enfrentamientos entre judíos y romanos, rivalidad entre judíos y cristianos, y persecuciones sobre los nuevos cristianos, los cuales como hemos visto también tenían sus discrepancias. La religión cristiana como tal seguía su evolución con las consiguientes controversias teológicas en torno a su contenido. El emperador Constantino se convirtió al cristianismo, otra conversión clave para la expansión del cristianismo a lo largo de la historia. Y llegó el Concilio de Nicea en el año 325 de nuestra era (“El auge del cristianismo”, Historia Universal, vol 8). En este concilio se va a discutir, entre otras cosas, algo muy importante: la naturaleza divina de Jesús. Pero, ¿había que discutir esto? Sí, porque fruto de las distintas interpretaciones de los evangelios, habían surgido diferentes ideas sobre la naturaleza de Jesús. Bien Jesús no era hijo de Dios ni parte de Dios, sino una criatura creada por Él (arrianismo; www.cristianismo-primitivo.org/siglo_IV/arrianismo.htm); o bien Jesús era hijo de Dios y por tanto Dios mismo en esencia (Credo de Nicea, aceptado actualmente). En definitiva, estaban construyendo un Jesús-Dios oficial “a la carta”, casi 300 años después de su muerte. Pero me gustaría poner énfasis en este punto: estaban debatiendo si Jesús era Dios…, no si es mejor ir a misa los sábados que los domingos, o si es conveniente rezar un padre nuetro en lugar de dos Ave María… ¿Consecuencias? Un creyente cristiano de nuestros días está convencido de que Jesús es el hijo de Dios porque unos hombres en un momento determinado interpretaron que eso era lo correcto, y acepta una moral absoluta basada en este hecho convertido en dogma (Un inciso: ¿Por qué se dice palabra de Dios cuando debería decirse interpretación de la palabra de Dios?). Insisto…, ¿no debilita todo esto la fe del creyente?

El cristianismo, según el teólogo José Monserrat, es la única de las “religiones del libro” (judaísmo, cristianismo, islamismo, se fundamentan en un texto revelado) que presenta documentos que se tiene la certeza de que son reales: siete cartas de Pablo. Pablo cuenta que “vio” a Jesús resucitado…, y el creyente confía en Pablo. Según este teólogo, estas cartas de Pablo llevan al creyente a las mismas puertas del misterio. Vista la poca fiabilidad de los evangelios, me pregunto, ¿es esto, entonces, a lo que se agarra la fe cristiana como a un clavo ardiendo? ¿Una visión? ¿No pudo tener Pablo una alucinación? Tampoco es nada del otro mundo dados los conocimientos actuales acerca del funcionamiento del cerebro. ¿Por qué no se tambalea la fe? Porque la fe no depende de estas “nimiedades racionales”. Pregunta: “Señor J. Monserrrat, ¿qué le diría usted al creyente cristiano, que tiene fe en la vida y obra de Jesús, después de haber estudiado los evangelios en detalle y haber conluído que no son textos fiables desde el punto de vista histórico?” Respuesta: “Que la fe es independiente de lo que narren o callen los evangelios (ver comentario 1). Estos textos pueden ser la excusa del creyente para “entender” su fe, que en realidad es un Don de Dios”. Y pienso yo que quizás existan las “neuronas de la fe”, interaccionando en diferentes estructuras del cerebro para nublar el razonamiento humano. Aquél que se aplica con tanta frecuencia y normalidad en la vida cotidiana. Y es posible que estas “neuronas de la fe” tengan un importante papel biológico, en la supervivencia de nuestra especie, no lo dudo (habrá que ver qué nos dice la neuroteología). De igual manera, no hay ninguna duda de que para saber más acerca de la fe cristiana, o de cualquier otra creencia religiosa, tenemos que seguir estudiando el cerebro humano… y no los evangelios u otros textos revelados. ¿Podemos fiarnos de los evangelios? No…, pero, ¡no importa!

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Psicología de las abducciones



Las personas que creen haber tenido contactos con alienígenas son más propensas a sufrir episodios de parálisis del sueño. Esta es la conclusión de un reciente estudio del que nos informa The Guardian Science (“When sleep’s an alien experience”) y que ha sido dirigido por el psicólogo de la Goldsmiths University of London Christopher French. French es el director de la Unidad de investigación en psicología anómala en dicha universidad y define su área de investigación como la “psicología de las creencias paranormales y de las experiencias ostensiblemente paranormales”. Es también co-editor de la revista británica The Skeptic y participó en el último Congreso Escéptico Europeo.

Según el artículo de The guardian, el estudio incluyó a 19 individuos que creían haber tenido contactos con alienígenas y a otros 19 que no creían en estos contactos a los que se les entregó unos cuestionarios. Según el estudio, además de la propensión a experimentar episodios de parálisis del sueño, las personas que relataban sus contactos con alienígenas tienen un interés especial por lo paranormal y presentan “tendencias disociativas” (mecanismo psicológico en el que la identidad, memoria, sentimientos o percepciones propias se encuentran separadas del conocimiento consciente y no pueden ser recuperadas o experimentadas voluntariamente). Se pueden encontrar estas ídeas extendidas en un artículo anterior del propio French y que ya enlazamos en un apunte previo de esta bitácora.

Abducido: ¿Como se llega a creer que uno ha sido secuestrado por extraterrestres?



Este mes de octubre se va a publicar (en Estados Unidos) el libro titulado “Abducted : How People Come to Believe They Were Kidnapped by Aliens” (en el enlace hay una presentación y un fragmento del libro) de la psicóloga Susan A. Clancy de la Universidad de Harvard que lleva años estudiando a personas que dicen haber sido abducidos por extraterrestres. Según la autora estas personas han creado “falsas memorias” muy reales de estos encuentros y el libro trata de descifrar a través de que mecanismos se ha producido el, digamos, “implante” de dichos recuerdos (ver nuestro apunte sobre “La parálisis del sueño”). La edición del libro ha sido comentada por algunas de las bitácoras que más nos gustan: Skeptico (“Abducted (or not)”) y Numenware (“What is it like to believe you were kidnapped by an alien?”). Se puede leer otras críticas del libro en The New York Times y en la Harvard University Gazette.

Esperemos que pronto se traduzca y edite en nuestro país.

Pseudociencias en El País Semanal: Rupert Sheldrake y la “mente extendida”


Con algo de retraso voy a comentar un artículo aparecido en la sección de Futuro de El País Semanal este verano, de cuya publicación nos alertó El Escéptico Digital en su número de septiembre. Su título nos anticipa su contenido (“¿Tiene límites la mente?”), las primeras líneas nos hacen temer lo peor (“Adivinamos qué amigo está pensando en nosotros y le llamamos por teléfono. Intuimos que alguien nos mira, giramos la cabeza y ahí está. No es casual. Tampoco nada paranormal.”, la cursiva es mía), y descubrir el objeto del artículo (el último libro del pseudocientífico Rupert Sheldrake) nos despeja cualquier duda. En el artículo se comentan los “experimentos” que Rupert Sheldrake lleva realizando durante varias décadas para “demostrar que nuestra mente tiene un poder muy superior a lo que imaginamos y que fenómenos como la telepatía o la premonición tienen una explicación biológica” (otra vez la cursiva es mía). Como nos dice el artículo, “Sheldrake sostiene que la mente no es sinónimo de cerebro, y que no permanece encerrada dentro de él, sino que “se extiende al mundo que nos rodea, conectándonos con todo lo que vemos”.” Esta teoría de la “mente extendida” es una vuelta de tuerca a la propuesta de Sheldrake de los “campos morfogénicos” o “mórficos” que, aunque nunca ha descrito en que consisten, parecen llenar todo el espacio y extenderse en el tiempo con la asombrosa capacidad de “generar” todas las formas animadas e inanimadas del universo, e incluso los comportamientos de todos los seres vivos, mediante un proceso que él denomina “causación formativa” basado en la “resonancia mórfica” que no implica intercambio de materia ni de energía (y yo me preguntó: ¿en qué se diferencia un proceso “creador”que no implique intercambio de materia ni de energía de un proceso “creador” que no existe? ¿Y un “campo mórfico” de un “dragón invisible”?). Esto último no aparece en el artículo de El País sino que lo he entresacado de los diferentes comentarios publicados en la revista Nature sobre algunos de los libros en los que Sheldrake ha plasmado estas teorías. Que Nature dedique espacio en sus páginas a este tipo de teorías podría sorprender, pero es que Sheldrake proviene del mundo científico (es doctor en bioquímica por la Universidad de Cambridge), lo cual hace más llamativo lo acientíficas que son las pruebas y experimentos que propone para demostrar sus teorías: como ejemplo se puede leer un artículo de Skeptical Inquirer sobre el poder de detectar que nos están mirando sin ver al que nos mira (ver NOTA). En cualquier caso, las críticas que han recibido sus libros en la revista Nature van desde “el libro es el mejor candidato para la hoguera que ha habido en muchos años” hasta “la hipótesis de la causación formativa es su contribución a un alegre estado de confusión”. Sólo James E. Lovelock, el creador de la teoría de Gaia, ha sido más benevolente: comentó que las teorías de Sheldrake “son extravagantes, incluso para un inconformista como yo, pero no desagradables cuando se toman con una pizca de sal”.

En cualquier caso los comentarios del artículo de El País son bastante más elogiosos que las críticas publicadas en Nature. La autora del artículo, Ángela Boto, ya nos deleitó antes del verano con otro artículo “Un lugar en el cerebro para el sexto sentido” (por cierto que la autora se autocita en el artículo que ahora comento) que fue el tema de un apunte en esta bitácora en el que anticipábamos el potencial de credulidad pseudocientífica de esta periodista (¿estaremos dotados de algún poder mental excepcional?). El planteamiento de Boto, como el del propio Sheldrake, es el siguiente: “Los científicos todavía no han podido determinar sus límites [los de la mente humana]. Ni siquiera el cerebro, el órgano sobre el que se asienta toda la actividad intelectual, creativa y emocional, ha querido revelar completamente sus secretos.” Es decir, que como aún queda mucho por descubrir, o lo que es lo mismo, como hay muchos problemas científicos por resolver, cualquiera con un poco de imaginación puede proponer las teorías más descabelladas para explicar dichos problemas (aunque lo ideal, como en el caso de Sheldrake, es que las teorías propuestas estén sintonía con la mitología popular y así de paso montarse un rentable negocio editorial). No sólo no importa que lo que se proponga carezca de ningún fundamento racional, sino que lo importante es recibir el mayor número posible de críticas desde el mundo científico (el “convencional” como lo denominan, porque Sheldrake se considera un científico: revolucionario, pero científico). En fin, el artículo consiste en una enumeración exhaustiva de los poderes mentales más populares y de las teorías de Sheldrake que supuestamente les dan a estos poderes un fundamento biológico. Como denuncia el comentario de El Escéptico Digital, en todo el artículo no hay ningún rastro de las numerosas críticas que han recibido las teorías de Sheldrake y los experimentos que supuestamente las demuestran. Y además está plagado de mentiras y tergiversaciones. Baste como ejemplo la descripción del experimento que la periodista considera el descubrimiento del sexto sentido: “los participantes en un experimento sobre la percepción visual eran capaces de sentir los cambios en una secuencia de fotografías unos segundos antes de que éstos aparecieran ante sus ojos.” (os remito a nuestro apunte en esta bitácora para aclarar el asunto).

Es lamentable que un periodico serio como El País tenga en su nómina a periodistas que no sólo dan alas a creencias y supercherías pseudocientíficas sino que además critican y desprestigian al mundo científico (tan necesitado de apoyos en nuestro país), contribuyendo al empobrecimiento de la cultura científica del ciudadano. Afortunadamente existe esperanza: en el curso académico que acabamos de estrenar la UNED a puesto en marcha un programa de posgrado sobre “Periodismo y Comunicación Científica”, cuyo principal objetivo es formar a profesionales especializados en la comunicación de la ciencia y la tecnología y ayudar al fomento de la cultura científica. Esperemos que tomen buena nota los responsables de la selección de personal de muchos medios de comunicación de este país.

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¿Podemos fiarnos de los evangelios? II. Del Jesús de la historia al Cristo de la fe

Analicemos las dos frases siguientes, ambas refieren al mismo personaje: 1/ Jesús fue un judío piadoso, un profeta escatológico, que no se tuvo por divino; 2/ Jesús fue el hijo de Dios todopoderoso que murió en la cruz para redimirnos de nuestros pecados. ¿Cómo es posible que hablen de la misma persona? Una de las dos es, obviamente, falsa, al menos como hecho histórico. Como se comentó en la parte I de esta serie (¿Podemos fiarnos de los Evangelios? I. Religión, textos sagrados… neurociencias), el riguroso estudio histórico-crítico de los evangelios canónicos parece indicar la existencia de un personaje histórico que se ajustaría a la frase 1/. Sin embargo, éste, el de la frase 1/, no es el Jesús que ha trascendido hasta nuestros días y que “gobierna” el cerebro moral de tantos millones de personas en todo el mundo. Por contra, los evangelios hablan de un personaje diferente y, como buena literatura apologética, tratan de convencernos de que el contenido de la frase 2/ es un hecho histórico. Según los expertos, lo que separa a estas dos frases es una manipulación literaria a través de la cual el Jesús histórico fue convertido en Cristo, el Mesías, capaz de resucitar de entre los muertos y con un plan divino (el llamado Secreto Mesiánico) para redimir al hombre de sus pecados. Éste es un hecho crucial para el origen y la posterior historia del cristianismo ya que la supuesta resurrección de Jesús es el verdadero ombligo de la teología cristiana. ¿Cómo se pasó del Jesús de la historia al Cristo de la fe? La clave parece estar en el Evangelio de Marcos (Dos libros al respecto de esta anotación: “El Evangelio de Marcos. Del Cristo de la fe al Jesús de la historia” y “El Mito de Cristo”, ambos escritos por Gonzalo Puente Ojea).

La condena y la crucifixión de Jesús (ver comentario 1) son el centro, el núcleo del evangelio de Marcos (considerado el pionero y que fue copiado en parte por los evangelios que vinieron después, Lucas y Mateo). El martirio de Jesús y su muerte accidental en la cruz fueron hechos totalmente inesperados e inverosímiles en el monoteísmo judío (con el que al parecer estaba de acuerdo el propio Jesús). Este accidente condujo a Marcos a reconstruir la historia para hablar de una supuesta revelación, el denominado Secreto Mesiánico. El Secreto Mesiánico consiste en que Jesús había previsto la crucifixión y su posterior resurrección, y se lo había comunicado a los apóstoles. En otras palabras, el martirio de Jesús obligó a Marcos a recomponer hacia atrás toda la historia del propio Jesús en aras a una supuesta redención universal con la invención de que todo estaba previsto y anunciado. Como consecuencia de esta recomposición existen algunas incoherencias en los textos de Marcos. A modo de ejemplo: La mesianidad de Jesús, en el sentido davídico tradicional (es decir, como salvador de Israel en la tierra), no encaja con el martirio, la crucifixión y la resurrección de Jesús. Esto es totalmente sorprendente e inesperado y de hecho, como se puede apreciar en varios pasajes del evangelio, los propios discípulos se muestran totalmente sorprendidos por la muerte (“Nosotros esperábamos que sería Él quien rescataría a Israel…”) y tras saber del Jesús resucitado. Marcos no explica esta sorpresa de los discípulos que supuestamente, según el propio Marcos, conocían el Secreto Mesiánico. Por otro lado, ninguno de los evangelios menciona que Jesús dijera que fuese a morir por los pecados de la humanidad. Tampoco se narra en ellos la resurrección propiamente dicha, sino experiencias relacionadas con este hecho (como las apariciones, ¿visiones?, de Jesús). Como conclusión, la resurrección parece ser un invento de Marcos para salvar el accidente de la muerte de Jesús en la cruz. San Pablo (Pablo de Tarso), verdadero impulsor de la nueva religión, pondrá un marco teórico a la resurrección de Jesús llegando a sugerir que el que no cree en esto no es un buen cristiano (1 Cor. 15:14).

A partir de aquí los evangelistas rescriben la historia con el objetivo de que se cumplan las profecías de lo que ha de ser el nacimiento y la vida de un salvador judío (otro libro interesante acerca de este tema: “Jesús: biografía revolucionaria”, por John D. Crossan). Por ejemplo, un Mesías que se precie tenía que nacer en Belén. Los evangelistas (en este caso, Lucas) manipulan un hecho histórico, como el censo de Quirino (gobernador de Siria bajo el mandato del emperador César Augusto), y lo utilizan como excusa para “obligar” a José y a María a viajar a Belén, donde supuestamente nacería Jesús. José era de la casa y de la familia de David y por tanto iría a Belén (Judea) para empadronarse con María, su esposa (el censo de Quirino, aunque parece ser que realmente tuvo lugar en esas fechas, no coincidió con el hecho del nacimiento de Jesús). De la misma manera, la entrada de Jesús en Jerusalén el Domingo de Ramos, en olor de multitudes y al lomo de un pollino parece que tiene más que ver con una proyección simbólica hacia el pasado que con la realidad de un hecho histórico. Otro tema muy interesante es la figura de Juan el Bautista, y su relación con la de Jesús, en el evangelio de Mateo (ver comentario 2).

Dicho esto y a pesar de conceder el valor que merecen (para mí mucho) estas conclusiones fruto del estudio racional de los textos en cuestión…, ¿es realmente la resurrección de Jesús una ficción literaria? ¿Es el Secreto Mesiánico, o la nova religio, una invención humana? He de reconocer que, es tal el peso del cristianismo en nuestra tradición, que yo diría que estas preguntas duelen al ser pronunciadas…, Y, caso de que la contestación a ellas sea afirmativa, ¿tendría esto que afectar a la forma de pensar, a la fe, de los creyentes?
Continuará…

El poder curativo de la mente … y la homeopatía


En un reciente estudio en la revista médica The Lancet se concluye que los beneficios clínicos de la homeopatía son consecuencia del efecto placebo (resumen). Es sorprendente que se sigan gastando recursos en investigar si la homeopatía es o no es eficaz, teniendo en cuenta la carencia absoluta de fundamentos de dicha “terapia” (o mejor dicho, lo acientífico de los fundamentos expuestos por los defensores de la homeopatía). Pero bien pensado, y retomando uno de los apuntes anteriores, una prueba a favor de la existencia del efecto placebo en la clínica es ciertamente el hecho de que individuos que toman medicamentos homeopáticos puedan presentar mejorías en los síntomas de sus patologías. Al fin y al cabo, en los ensayos clínicos de nuevos fármacos, la composición de los productos utilizados como placebo (control) es idéntica a los productos homeopáticos: excipientes autorizados sin ninguna traza de ningún principio activo.

El editorial de la revista The Lancet no muestra ninguna ambigüedad: “The end of homeopathy” (El final de la homeopatía) es el título. Discrepo completamente de dicha conclusión basada en los resultados del estudio que publica la revista. La “fe” en la eficacia de la homeopatía y de otras mal llamadas “terapias alternativas”, como cualquier otro tipo de “fe”, es inmune a cualquier análisis racional y científico. Así el Secretario de la Federación Española de Médico Homeópatas ha declarado que “Los estudios estadísticos de la medicina convencional no pueden valorar la eficacia de la homeopatía [...] Nunca hay un medicamento (homeopático) para una sola cosa. Se podría dar un mismo medicamento para el asma o para un problema depresivo.” (El País, 30/8/2005). Se comenta por si solo.

Buena prueba de lo que he dicho anteriormente es el reciente anuncio de la Clínica Mayo de un estudio (presentado en un reciente Congreso médico) realizado en un grupo de 50 pacientes de fibromialgia en el que la acupuntura es más eficaz que la falsa acupuntura en reducir algunos de los síntomas de la enfermedad. Desconozco como se realizó dicha falsa acupuntura, pero los autores del estudio comentan que los pacientes no podían decir que tipo de acupuntura recibían. Hay muchas razones de tipo metodológico (como el reducido número de pacientes incluidos en el estudio) que podrían explicar los resultados, pero lo sorprendente como he dicho antes, es que dichos estudios se realicen. A lo sumo serían justificables para demostrar que estas “terapias alternativas” son capaces de “inducir un efecto placebo” en aquellos pacientes susceptibles a beneficiarse de él. Esto podría ser razón para aconsejar su uso a corto/medio plazo. Pero creo que en la en la línea en la que habría que trabajar e invertir recursos es en la mejora del trato personalizado a los pacientes, aspecto bastante olvidado en la moderna (y masificada) medicina “convencional”. O como ya dijo Johnson en esta bitácora, de lo que se trata es de fomentar el “efecto mimo”.

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¿Podemos fiarnos de los Evangelios? I. Religión, textos sagrados… neurociencias

A primera vista, este tema podría quedar fuera del punto de mira de esta bitácora (escepticismo y neurociencias). Sin embargo, si lo miramos atentamente, estamos hablando de religión (creencia en una divinidad), lo cual es del máximo interés para las ciencias del cerebro. De hecho, algunos han acuñado el término Neuroteología que precisamente trata de investigar mediante un abordaje multidisciplinar las bases biológicas de la experiencia religiosa (http://www.numenware.com/). Y es que los conceptos que “maneja” el cerebro implicados en una creencia religiosa no son comparables a los de cualquier otra creencia no religiosa, como ha puesto de manifiesto Pascal Boyer (“Why religion is Natural” www.csicop.org/si/2004-03/religion.html). Dicho esto, pienso que para entender una creencia religiosa determinada, es preciso conocer el origen, la historia y el fundamento racional que la justifican (caso de que exista). La teología cristiana se fundamenta en la historia escrita de Jesús de Nazaret. Los evangelios canónicos (se denominan así los aceptados por la iglesia, es decir Marcos, Mateo, Lucas y Juan, y que están incluidos en los 27 libros que componen el Nuevo Testamento) pretenden ser la única biografía escrita de Jesús. Estos textos son considerados un bien cultural debido a la influencia tan abrumadora que han tenido, y tienen, en la tradición y la cultura de millones de personas en todo el mundo. En ellos se narra la vida de un hombre que nació de una virgen, hizo milagros y resucitó. A parte de que esto pudiera haber ocurrido (parece imposible por lo que conocemos acerca de las leyes que gobiernan la Naturaleza), lo más interesante es que quizás se pueda demostrar que no existe ningún testimonio fiable de que esto ocurrió. O dicho de otro modo, quizás se pueda demostrar que lo que cuentan los evangelios, aquello que justifica la existencia de una institución tan poderosa como la iglesia, no tiene ningún rigor histórico y es posiblemente una ficción literaria. Creer en “algo”, llámese dios, personal e intransferible, trascendental en lo que entendemos como nuestra realidad y fruto del propio sentimiento trágico de la vida (como escribió Miguel de Unamuno) es una opción individual, supongo. Pero creer en un dios inventado por otros…, ¿no son estos dos tipos de creencias cualitativamente diferentes? ¿O es más un problema de antropología cultural?

En los últimos días he tenido la suerte de asistir a un interesantísimo curso de verano centrado en los evangelios y su posible contenido histórico. En él, expertos de diferentes disciplinas como la teología, historia, fiolosofía, filología, etc, han aportado muchos datos y conclusiones acerca del estudio histórico-crítico de estos textos. ¿Qué podemos saber del Jesús histórico? ¿Se pueden estudiar los evangelios desde la óptica de la historia? Esta anotación es la primera de tres partes, que vendrán a continuación, en donde me hago eco mediante mis notas y comentarios de algunos de los puntos discutidos en dicho curso. Y el que tenga oidos para oir, que oiga.

¿Es lícito y oportuno estudiar los evangelios con herramientas humanas, como la razón? Parece ser que hay gente que opina que lo que albergan estos textos escapa al entendimiento humano y no pueden ni deben ser estudiados por el hombre. Bueno…, sin comentarios. Las técnicas histórico-críticas que se utilizan actualmente para estudiar los evangelios, al igual que otros textos antiguos, tienen aproximadamente 250 años. El estudio de estos textos es muy complejo ya que hay que situarse en una óptica filosófica, religiosa, cultural, filológica, de hace 2000 años y buscar la contrastación con otros textos y fuentes de la época. Se puede decir que el el siglo XVIII comienza el estudio racional de los evengelios y se concluye por primera vez que la predicación judía de Jesús era diferente de la teología de sus seguidores. Este en su paso imporante a todas luces porque se empieza a sugerir que el Jesús histórico tuvo poco que ver con la doctrina que luego adoptaron sus seguidores desde el mismo momento de su muerte. A partir del siglo XIX, aparece la Escuela de la Historia de las Religiones, y da cuenta de la influencia de la religión griega y de los modelos morales griegos (por ejemplo, el estoicismo, el cinismo), además de la lengua griega (griego popular), en las incipientes doctrinas cristianas (ver comentario 1). Cabe destacar las obras del teólogo alemán Rudolf K. Bultmann que son esenciales para entender la historia de la tradición y la crítica de los evangelios (“Historia de las Formas”) y que tienen como objetivo la desmitologización del Jesús histórico. Estas obras enfatizan la importancia de la tradición oral como fuente primordial para conocer al Jesús histórico. La tradición oral representa un estadio anterior a la tradición escrita (ver comentario 2). A partir de estos estudios se puede concluir que es difícil/imposible llegar al propio Jesús, pero sí, en cierto modo, a la comunidad que transmitía sus dichos y hechos. También es importante lo que se denomina “Historia de la redacción”, que consiste en el estudio de los evangelios tal y como han llegado hasta nosostros (cómo están escritos, recursos literarios, estructura del texto, etc).

Las conclusiones generales que se pueden extraer cuando se estudian los evengelios desde un punto de vista histórico-crítico son las siguientes:

- Los evengelios, escritos 40-60 años después de la muerte de Jesús, no corresponden con el producto de testigos visuales de lo narrado (ver Recordando eventos que nunca ocurrieron).

- Los evengelios son obras de propaganda religiosa, y con esa idea implícita fueron escritos. Por tanto, no tienen rigor histórico en su gran mayoría, aunque se puedan extraer de ellos algunos datos contrastables de interés histórico.

- Los evengelistas, además de recopiladores, son auténticos creadores literarios. Cada evengelista manipula, tanto la estructura como el contenido del texto, y deja en él su impronta, intereses y preocupaciones (ver comentario 3). Es posible que sean autores de una única obra.

Dicho esto, la respuesta a la primera pregunta que titula esta anotación es NO, no podemos fiarnos de lo que nos cuentan los evangelios. Sin embargo, todos los expertos coinciden en indicar que el personaje histórico Jesús de Nazaret existió, y que se pueden obtener, con mucha cautela, algunos datos verídicos de su vida y obra. Pero, ¿qué se cuenta en los evangelios acerca de este personaje que ha trascendido hasta nuestros días? O lo que es lo mismo, ¿cómo se pasó del Jesús de la historia al Cristo de la fe? Y la pregunta del millón, ¿qué valor tiene para un creyente cristiano el conocimiento de todos estos datos?
Continuará…

Poder curativo de la mente … ¿en serio? ¿cómo?

El pasado 1 de julio se incluyó una anotación con un título muy sugerente: “El poder curativo de la mente: el efecto placebo”. La discusión sobre el efecto placebo lleva ocupando a la comunidad científica varias décadas. Y como ya se ha comentado, es de enorme interés en esta bitácora porque probablemente explica muchos de los efectos de ciertas medicinas alternativas y otros fenómenos “mágicos” en el campo de las pseudoneurociencias. Pero …

Hasta hace unos años se asumía de forma generalizada que el placebo tiene un efecto mayor o menor en la mayoría de las enfermedades. Tal asunción sigue siendo generalizado, pero desde hace unos años hay un creciente escepticismo acerca de que el efecto placebo exista (aunque tal escepticismo no parece haberse generalizado … el escepticismo no se extiende fácilmente). En una revisión sistemática publicada en 2001, sobre 114 ensayos clínicos que compararon un tratamiento con placebo y con un grupo de no-tratamiento, Hrobjartsson y Gotzsche concluyeron que no hay pruebas a favor de que el placebo tenga algún efecto clínico, aunque es posible (existe la duda) de que pueda tener algún efecto en el alivio del dolor (N Engl J Med 2001;344:1594-1602) (En una versión actualizada de esta revisión se llega a conclusiones similares: J Int Med 2004;256:91-100). Es posible que el efecto placebo que llevamos aceptando décadas pudiera ser, en parte, consecuencia de métodos de investigación y análisis de datos inadecuados.

Recientemente, Dylan Evans ha revisado en profundidad este asunto y ha propuesto una hipótesis sobre el mecanismo de acción del placebo en su libro “Placebo: The Belief Effect”. En un artículo ha resumido las ideas principales del libro (Medical Hypotheses 2005; 64:1–7). En su página web podréis encontrar más información (Dylan Evans).

Recomiendo la lectura de este artículo a los interesados en este asunto, aunque haré aquí un breve resumen. El punto de partida de Evans es revisar en qué enfermedades existen pruebas de que el placebo sí tiene un efecto clínico. Según el autor, hay pruebas que sugieren que el placebo sí alivia el dolor y la inflamación, las úlceras gástricas, los síntomas depresivos y la ansiedad (en contra de lo que las revisiones sistemáticas citadas anteriormente concluyen, ya que sólo mencionan que el placebo podría tener efecto sólo en el dolor). Evans encuentra un factor común en todas ellas, la implicación un su génesis de la respuesta de fase aguda, y plantea la hipótesis de que el placebo (por tanto, la expectativa o la creencia en la curación) actúa suprimiendo esta reacción orgánica. Para ello debe existir una vía bioquímica que ligue la “creencia en la curacion” con la alteración de los mecanismos inmunológicos implicados en esta respuesta de fase aguda. Hay pruebas de que el placebo (“la creencia en la curación”) libera endorfinas y sabemos que éstas están implicadas en la finalización de la respuesta de fase aguda.

Me pregunto si las endorfinas no empiezan a ser la explicación de cualquier cosa a la que no encontramos explicación. Pero, comentarios aparte, se trata de una hipótesis científica sugerente y que podría ser puesta a prueba, como el propio autor sugiere, demostrando que existe un efecto placebo en alguna enfermedad en la que no juegue un papel importante la respuesta de fase aguda. En estas condiciones dudo de que se pueda rechazar claramente la hipótesis, porque no estoy seguro de que haya alguna enfermedad en la que no podamos encontrar un implicación más o menos indirecta de tal respuesta de fase aguda.

Como conclusión (si es que podemos concluir algo) el título de esta anotación hacía referencia a dos aspectos:

  1. “¿en serio?”, es decir … ¿realmente existe un efecto placebo? Pues parece que no existe, al menos tan extendido como creíamos. Quizás exista para el caso del dolor. En todo caso empieza a parecer que el efecto placebo (en general) es un mito más …
  2. “¿cómo?”, es decir, si existe el efecto placebo ¿cómo nuestra fe en la curación nos ayuda a curarnos? No lo sabemos, pero parece que las endorfinas podrían estar implicadas.

Ante estos comentarios podríamos preguntarnos entonces ¿por qué está tan extendida la creencia en un efecto placebo, incluyendo a la inmensa mayoría de los médicos (y también a una gran mayoría de los científicos)? Pero eso podríamos dejarlo para otra anotación.

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Demonios, alienígenas y parálisis del sueño


Podrá parecer sorprendente ver relacionados los “conceptos” que presento en el título de esta anotación, pero en realidad es una asociación que ha sido muy utilizada por diferentes estudiosos (psicólogos, antropólogos) de las experiencias paranormales. La parálisis del sueño es una alteración del sueño no patológica experimentada alguna vez en la vida por un 25-40% de la población (según los estudios), aunque está proporción se dispara al 50-60% en el grupo de pacientes de trastorno post-traumático (la parálisis del sueño es también uno de los síntomas cardinales de la narcolepsia). Durante un episodio de parálisis del sueño el individuo se encuentra en la fase del sueño conocida como REM (caracterizada por el movimiento rápido de los ojos y por la atonía muscular) aunque de forma consciente. Este tipo de situación se da más frecuentemente al final del periodo de sueño, antes de despertarnos, y también al inicio del sueño. Lo llamativo de la parálisis del sueño es que el individuo es consciente del entorno pero es incapaz de moverse o hablar. Además suele ir acompañada de alucinaciones auditivas y visuales, sensación de estar flotando o “fuera del cuerpo”, y una muy característica presión sobre el tórax que suele ser descrita como “algo o alguien” que se encuentra sobre el pecho impidiendo al individuo respirar. Estas alucinaciones podrían ser inducidas por la actividad cerebral generada internamente (sin estímulos externos) durante la fase REM, o bien por otro tipo de fenómenos fisiológicos asociados a esta fase del sueño (estimulación del sistema vestibular u órgano del equilibrio, alteraciones respiratorias) aún no determinados con precisión.

Diferentes investigadores han estudiado las distintas manifestaciones asociadas a la parálisis del sueño desde un punto de vista transcultural, constatándose que los episodios de parálisis del sueño suelen ser percibidos como experiencias espirituales cuya interpretación depende tanto del contexto cultural como de las actitudes de los individuos que padecen dichos episodios. En muchos otros casos son descritos como experiencias terroríficas en las que los individuos son atacados por espíritus malignos o demonios que intentan asfixiarles. La parálisis del sueño sería por tanto una explicación universal con base biológica de muchas creencias en espíritus y seres sobrenaturales que perviven en diferentes sociedades, incluidas las de los países desarrollados. En este sentido, las narraciones más habituales de abduciones por alienígenas suelen ser descripciones “de libro” de episodios de parálisis del sueño, si bien otros fenómenos neurológicos (como la creación de falsas memorias o las experiencias “fuera del cuerpo”, ya comentadas en esta bitácora) también estarían relacionados con estas experiencias. De esta manera se podrían entender las experiencias sinceras (descartamos, claro, a farsantes y estafadores) de muchas personas que describen haber viajado con alienígenas en naves espaciales y haber sufrido exámenes médicos dolorosas o abusos sexuales, sin tener que recurrir a la hipótesis obviamente menos plausible de que dichas experiencias sean reales.

El poder curativo de la mente: el efecto placebo


El pasado mes de Mayo, JAMA, la revista de la Asociación Médica Americana, publicó los resultados de un ensayo clínico realizado en Alemania en el que se estudiaba el efecto de la acupuntura en pacientes con migrañas comparado con un procedimiento control de “falsa” acupuntura (grupo placebo) y con un grupo de pacientes en lista de espera. Al parecer el estudio fue solicitado por las autoridades de salud alemanas ya que desde 2001 las compañías de seguro de ese país cubren los gastos del tratamiento de acupuntura para el dolor crónico. Según el estudio, el tratamiento con “verdadera” acupuntura no mejoró el estado clínico de los pacientes comparado con el tratamiento con “falsa” acupuntura, aunque ambos tratamientos redujeron la frecuencia de episodios de dolor de cabeza moderados y severos al compararlos con los pacientes que se mantuvieron en lista de espera (Linde K. y cols., JAMA 293: 2118-2125, 2005).

En realidad lo verdaderamente sorprendente del estudio, también para los autores, es la enorme mejoría que se observó en el grupo placebo, es decir, el de pacientes tratados con el procedimiento de “falsa” acupuntura (en algunos individuos la mejoría fue de una reducción de más del 50% en la frecuencia de ataques de migrañas). Este tratamiento de “falsa” acupuntura consistió en que los pacientes se sometieran a sesiones en las que se les pinchaba con agujas de acupuntura, pero más superficialmente, en menor número y en localizaciones diferentes a las postuladas por las teorías de acupuntura. Aunque se trata de un tratamiento que implica una manipulación física y que puede, por tanto, tener efectos fisiológicos, la explicación postulada en el artículo es que tanto la “falsa” acupuntura como la “real” conllevan un potente efecto placebo. Algunos aspectos de la acupuntura explicarían este efecto como es por ejemplo el ser un tratamiento relativamente complejo (las intervenciones médicas complejas o que usan aparatos complejos parecen tener un gran efecto placebo), que está basado en teorías exóticas, que exige un contacto frecuente con el especialista y que conlleva la repetición de un ritual (la colocación de las agujas).

Son numerosos los estudios que han mostrado la importancia del efecto placebo en el tratamiento de diferentes enfermedades y cualquier ensayo clínico que pretenda demostrar las bondades de un nuevo tratamiento o fármaco debe demostrar una eficacia superior a la del placebo. Este efecto placebo se basa en la expectativa que el paciente tiene de curarse cuando recibe tratamiento, y depende, como demuestra el estudio sobre la acupuntura, de muchos aspectos psicológicos relacionados con el contexto del tratamiento. Se trata por tanto de un efecto “curativo” de la actividad de nuestro cerebro y no debe desdeñarse (sobre todo porque en general tiene menos efectos secundarios que el tratamiento con fármacos): lo interesante es poder descifrar los mecanismos neurobiológicos que subyacen a dicho efecto. Pero en cualquier caso no puede sustituir (a lo sumo complementar) los diferentes procedimientos terapéuticos aplicados a patologías como el cáncer. Lo contrario sería un suicidio.

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Proyecciones astrales: ¿dentro o fuera de nuestro cerebro?

Rastreando la red de redes hemos encontrado esta asociación cuya pagina web no tiene desperdicio: la Academia Internacional de la Conciencia (www.iacworld.org/spanish). En la página de inicio podemos encontrar los objetivos de dicha asociación: “el estudio de la conciencia más allá del cerebro físico” “con especial énfasis en las experiencias fuera del cuerpo”. Se trata de la ciencia de la Concienciología que estudia la conciencia “así como sus manifestaciones tanto dentro como fuera del cuerpo”, y que “difiere de las ciencias convencionales debido a que su fundamento científico se basa en un nuevo y más avanzado paradigma filosófico: el paradigma conciencial, que considera la realidad como multidimensional.” Se afirma que “la tecnología moderna no tiene aún un grado de sofisticación suficiente que permita detectar, analizar, y estudiar las dimensiones más sutiles donde la conciencia puede manifestarse” de ahí que se requiera “que el investigador sea tanto científico como objeto de estudio, utilizando sus experiencias cotidianas, dentro y fuera del cuerpo, como experimentos de laboratorio”. Como se ve se trata de una nueva vuelta de tuerca a los argumentos clásicos de las pseudociencias. Es decir, se llama ciencia a algo cuyo método no tiene nada de científico, pero a la vez se la considera al margen de “la corriente científica principal”.

La Concienciología basa sus principios en los hallazgos obtenidos del estudio de las experiencias fuera del cuerpo (o proyecciones astrales), estudio que compete a la Proyecciología, subdisciplina de la Concienciología. Según se dice en la página web, aunque las proyecciones astrales son conocidas desde el antiguo Egipto, es partir de las últimas décadas del siglo XX que “se ha vuelto materia de investigaciones rigurosamente científicas”. Entiendo claro que no se refiere a los estudios que muestran como la estimulación focal de ciertas áreas de la corteza cerebral (corteza parieto-temporal) puede provocar la experiencia de abandonar el cuerpo de manera que puede ser observado desde una posición remota respecto a éste. Ni a los estudios clínicos de pacientes epilépticos o con migrañas describiendo episodios de estar viendo su propio cuerpo desde fuera de sí mismos. Todos estos estudios (revisados en Blanke y Arzy, 2005) sugieren que las experiencias fuera del cuerpo son ilusiones sensoriales complejas que resultan de un fallo por parte del cerebro en el procesamiento de la información sensorial de nuestro cuerpo y su posición en el espacio, lo que genera una alteración de la perspectiva visuo-espacial del propio cuerpo (alteración de la conciencia). Pero también demuestran que este tipo de experiencias anormales (que no paranormales) resultan ser fenómenos cerebrales que pueden ser investigados desde las neurociencias sin necesidad de recurrir a nuevos y no-tan-originales paradigmas.

Recordando eventos que nunca ocurrieron

Mirko Memoriovitch cuenta que cuando tenía 8 años, coincidiendo con la noche en la que falleció su madre, sufrió la aparición espontánea de llagas (estigmas) en las manos y en los pies que sangraron durante horas. Él tiene ahora 52 años y cada vez que encuentra una cara escéptica ante su relato jura ante lo más sagrado que aquello realmente ocurrió ¿Está mintiendo el Sr. Memoriovitch? Posiblemente no. Entonces, si está diciendo la verdad, ¿significa que aquel evento realmente ocurrió tal y como él lo recuerda? Posiblemente no.

Podemos recordar eventos que nunca ocurrieron en la vida real. Recientes investigaciones en el campo de las neurociencias muestran que se pueden crear falsas memorias en el laboratorio (Brian and Paller, “Mistaken memories: remembering events that never happened”, The Neuroscientist 8, 391-395, 2002). Una manera, entre otras, de crear falsos recuerdos es mediante la imaginación. Por ejemplo, si alguien imagina activamente un evento que pudo ocurrir en su infancia, aunque no lo hizo, la probabilidad de que más tarde crea que realmente ocurrió será mayor. Cuanto más vívida sea la imaginación de ese “falso” evento y cuantas más veces se repita ese ejercicio, mayor será la probabilidad de que lo imaginado se incorpore a su realidad. Aún no se saben a ciencia cierta los mecanismos cerebrales implicados en este fenómeno. La memoria episódica (memoria de eventos) es limitada e incompleta y el recuerdo es un proceso reconstructivo (no reproductivo) por lo que acontecimientos presentes pueden influir en la reconstrucción de un acontecimiento pasado. Una hipótesis propuesta es que los eventos imaginados y los eventos percibidos (los que realmente ocurrieron) se almacenan solapados en la corteza cerebral, de manera que la evocación de un recuerdo percibido es distorsionada por eventos imaginados.

Las consecuencias de los resultados obtenidos en estas investigaciones son obvias. El testimonio de un sujeto, en ningún caso, es prueba suficiente de que algo realmente ocurrió en la vida real. A pesar de que dicho sujeto esté diciendo la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Por tanto, ¿Ocurrió realmente… que me mordió un perro cuando yo tenía 5 años? ¿Ocurrió realmente que alguien fue abducido y maniatado por seres venidos de Alfa Centauri? ¿Ocurrió realmente que el Sr. Memoriovitch sufrió en sus carnes estigmas sangrantes? ¿Ocurrió realmente que alguien tuvo una experiencia cercana a la muerte? ¿Ocurrió realmente lo que cuentan los Evangelios, escritos varios años después de los hechos que relatan?

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Fotografía del aura y conductividad eléctrica de la piel

Hace ya algunos años visitamos una feria esotérica con un cierto afán aventurero y, como no, escéptico. En dicha feria observamos que proliferaban lo puestos donde se realizaban fotografías del aura y en los que se invitaba a la gente a sentarse delante de una cámara fotográfica o de video (cámara Kirlian) si querían saber cual era el color de su aura. Pronto nos dimos cuenta de que la gente interesada debía además colocar su dedo sobre una pequeña caja. Al preguntar al “operario” de uno de estos puestos, ingenuamente nos comentó que se aplicaban unas pequeñas descargas eléctricas totalmente inocuas. Vaya, que lo que se estaba haciendo era registrar lo que se conoce como “actividad electrodérmica” o “respuestas galvánicas de la piel”, es decir, una medida de la conductividad eléctrica de la piel. Estas señales son después interpretadas por algún sistema electrónico, incluso por un ordenador, para generar unas manchas coloreadas que se imprimen sobre la fotografía del individuo cuyo aura está siendo “observada”. Es decir se trata de un auténtico timo.

¿Pero porque se utiliza el registro de la actividad electrodérmica para hacer predicciones sobre la personalidad de un determinado individuo (eso es lo que supuestamente nos indica el color de nuestro aura)? Las propiedades eléctricas de la piel dependen de la respuesta de las glándulas sudoríparas a la actividad del sistema nervioso simpático, una parte del sistema nervioso autónomo. En situaciones de alarma o ansiedad, el sistema simpático se activa provocando un incremento de la conductividad de la piel debido al aumento de la sudoración (incluso aunque nosotros no percibamos esa mayor transpiración). En condiciones de reposo, la actividad de las glándulas sudoríparas refleja además el nivel tónico de actividad del sistema simpático, el cual a su vez depende del estado emocional e incluso cognitivo del individuo. Y esto es así porque las áreas cerebrales implicadas en estos procesos (corteza prefrontal, corteza cingulada y amigdala, por ejemplo) regulan la actividad de los centros que determinan la actividad del sistema simpático (hipotálamo y tronco del encéfalo, principalmente). En base a esta relación, se ha utilizado el registro de la actividad electrodérmica para el estudio de patologías psiquiatrícas como la esquizofrenia, la depresión o los trastornos de ansiedad. Así por ejemplo, en psicópatas violentos se ha observado una reducción de la actividad electrodérmica tanto tónica como inducida por estímulos socialmente significativos (estos estudios fueron realizados por el famoso neurólogo Antonio Damasio, autor del libro “El error de Descartes”).

No es de extrañar por tanto que “las fotografías del aura” puedan ser utilizadas como una medida grosera del estado emocional del individuo (digo grosera porque supongo que la transformación de las señales electodérmicas en colores implica una perdida de información). Esta “medida”, en manos de personas entrenadas en analizar la personalidad de un individuo a través de sus gestos y palabras, es suficiente para engañar a aquellos incautos que buscan/necesitan que les cuenten las maravillosas virtudes de su personalidad. Si además son suficiente crédulos como para aceptar la existencia de energías maravillosas que emanan de nuestro cuerpo, pues tenemos el caldo de cultivo ideal para esta y otras estafas.

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Divulgación de la ciencia: responsabilidad de los científicos

En un estudio cuyos resultados se resumen en la Revista Madri+d (nº 28, marzo 2005) se afirma que la participación de los científicos en actividades de divulgación científica es escasa y limitada a determinados foros o medios si bien el grado de preocupación, incluso de compromiso, con la comunicación de la ciencia, la compresión pública de la ciencia y la cultura científica del público es elevado. “El acercamiento de los científicos al público emerge en numerosas ocasiones de iniciativas particulares que tienen mucho que ver en efecto con su voluntad personal, su carácter más o menos abierto, su compromiso social, y muchos otros parámetros.” Los autores del estudio indican que “los científicos deben prepararse no sólo para ser investigadores, sino también para participar en la divulgación y comunicación pública de la ciencia, respondiendo a la necesidad de mejorar el acceso a la ciencia del público en general.” En cuanto a las causas de este alejamiento por parte de los científicos de lo que debería de ser una de sus tareas fundamentales se destacan “la multitud de labores y gestiones que acompañan habitualmente a su trabajo de investigación”, el “desvío de sus actividades cotidianas de investigación”, y el “esfuerzo de simplificación y de adaptación de su lenguaje habitual para hacerlo comprensible al gran público”. Se insiste también en “la escasa importancia que se da a estas tareas a la hora de evaluar la actividad de los científicos” lo que lleva a los autores a plantear “la importancia de animar e incentivar al investigador, fomentar su acercamiento al gran público” mediante la valoración profesional de la divulgación que en la actualidad es prácticamente nula. Se puede consultar el informe completo aquí.

El estudio comentado se basó en la actividad de los científicos del CSIC en la VI Feria Madrid por la Ciencia. En relación con la temática de nuestra bitácora destacamos las actividades llevadas a cabo por el Instituto de Neurobiología Santiago Ramón y Cajal con nombres como “¿Cómo funciona el cerebro?”, “El cerebro controla nuestra conducta” o “Construyendo una neurona” (esta última dirigida a los niños y que debió ser muy divertida). Este tipo de actividades dan a conocer, aunque no con mucha profundidad obviamente, el funcionamiento de nuestro cerebro, y permiten, al menos en parte, desterrar los fantasmas que el analfabetismo científico crea para explicar cosas que no tienen nada de extraordinarias. Felicitamos a los responsables de esta iniciativa y prometemos algún día participar en otras similares.

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